
LOS ÁNGELES (EE. UU.), 12 de septiembre— “Si es posible otro futuro (en Palestina)”, escribió Andrew Ross en 2019, “quizás sus semillas se encuentren en la labor de los defensores de los trabajadores y de los organizadores sindicales”. Esta idea impresionó a nuestro grupo de lectura mientras analizábamos su libro Hombres de piedra: los palestinos que construyeron Israel.
“Las personas que conocemos que luchan contra el genocidio y la limpieza étnica sionistas en Palestina no mencionan a los trabajadores palestinos”, comentó un miembro. “Hablan de cultivadores de olivos, pastores, médicos, comerciantes de artesanías, pero no de trabajadores”.
Una omisión importante. Ross menciona que la primera Intifada (1987) “se inició con un llamamiento a una huelga general, respaldada por boicots comerciales y la negativa a pagar impuestos”.
Habíamos leído el libro de Ghassan Kanafani de 1972, La revolución de 1936-1939 en Palestina. Contiene un capítulo fundamental sobre “los trabajadores”. ¿Qué fue de ellos?
La clase trabajadora en Palestina surgió en la década de 1920. Para 1926, contaba con 25,000 trabajadores agrícolas y 17,000 de la construcción. Dos mil ferroviarios desempeñaron un papel clave en un nuevo movimiento sindical. Solo unos 1,000 palestinos trabajaban en la industria.
A principios de la década de 1930 aumentó la migración del campo a las ciudades. Muchos nuevos proletarios consiguieron empleo en la construcción debido a los imperialistas británicos. Construyeron carreteras y vías férreas. Ampliaron y mejoraron el puerto de Haifa. Esto socavó al puerto de Jaffa, controlado por árabes.
Mientras tanto, el sindicato sionista Histadrut se confabulaba con los capitalistas sionistas. Buscaban una “mano de obra judía” para reemplazar a los trabajadores árabes, que cobraban menos. El Histadrut llegó a convocar huelgas racistas para imponer esta medida.
Ross describe este proceso y el surgimiento de sindicatos de trabajadores árabes para hacerle frente. Cuando estalló la rebelión de 1936, casi ningún trabajador árabe en Jaffa —la ciudad más grande de Palestina— ganaba un salario que se acercara siquiera a un nivel de vida digno. Muchos, al quedar desempleados, regresaron con sus familias al campo.
El Partido Comunista de Palestina estaba compuesto principalmente por trabajadores judíos. Reconoció la necesidad de “arabizarse”, pero no pudo hacerlo. Se negó a romper definitivamente con el sionismo. Terminó fragmentándose y marginándose.
La Segunda Guerra Mundial impulsó la producción bélica. Treinta mil trabajadores judíos se alistaron en el ejército británico. Las autoridades británicas emplearon a 28,000 trabajadores árabes para construir nuevas fábricas, talleres y bases militares. Agencias árabes privadas consiguieron empleo para más migrantes procedentes de zonas rurales.
Las interrupciones comerciales derivadas de la guerra estimularon la creación de empleo en sectores propiedad de capitalistas árabes: textil, confección, calzado, madera, alimentación y bebidas, tabaco y metalurgia. Asimismo, cobraron fuerza los esfuerzos de sindicalización.
La “Nakba” (catástrofe) ocurrió en el periodo de la posguerra. Este crimen constante alteró permanentemente la tierra natal de las masas palestinas. El imperialismo británico y las recién creadas Naciones Unidas “dividieron” Palestina. Esto dio lugar al establecimiento de un Estado israelí en más de la mitad del territorio palestino.
Para 1949, el nuevo Estado sionista se había apoderado de más de tres cuartas partes de Palestina. La Haganá (precursora del ejército israelí) destruyó por completo Jaffa y 530 aldeas y localidades. Las pruebas de su existencia quedaron sepultadas bajo nuevos asentamientos israelíes y bosques de árboles de hoja perenne al estilo europeo.
Setecientos cincuenta mil palestinos —incluida la mayoría de los trabajadores— se convirtieron en refugiados. Más de 15,000 palestinos fueron masacrados.
Israel expulsó a otros 400,000 en 1967, tras anexionarse Cisjordania, Gaza, el Sinaí y los Altos del Golán. La Nakba continúa hoy en día con el genocidio en Gaza y la limpieza étnica en Cisjordania, así como con los bombardeos y la ocupación del sur del Líbano y la guerra contra Irán.
La mayoría de los trabajadores palestinos que se quedaron se convirtieron en migrantes en su propia tierra. “Los hogares que no podían subsistir gracias a la agricultura de autoconsumo o que se habían quedado sin tierras no tenían más remedio que enviar a sus jóvenes varones a trabajar como jornaleros en centros de trabajo judíos” por salarios bajos, señala Ross.
A algunos se les concedían costosos permisos de viaje para salir de sus aldeas por motivos laborales. A menudo, estos permisos se obtenían a través de intermediarios del mercado negro y canales extraoficiales.
Otros se arriesgaban a ser detenidos al desplazarse sin permiso. Las autoridades israelíes solían pasar esto por alto debido a la demanda de mano de obra barata por parte de los constructores israelíes. “Muchos eran adolescentes que dormían a la intemperie en las obras o bajo los árboles” y solo regresaban a casa los fines de semana.
Esto continúa hoy en día.
Los trabajadores palestinos son clave para hacer posible “otro futuro”. Una zona liberada, laica y multiétnica, libre de explotación. Un futuro comunista. No solo en Palestina, sino en todas partes. Sus “brotes” no son los sindicatos ni los “defensores”, sino las pequeñas acciones que podemos realizar a diario para difundir las ideas comunistas a través de Bandera Roja y el Partido Comunista Obrero Internacional.
Un segundo artículo profundizará en la situación actual de los trabajadores palestinos y en las agudas contradicciones que estos ponen de manifiesto en el capitalismo israelí.

Lee Nuestro Folleto: “El Genocidio En Palestina Exige La Revolución Comunista”