Canadá: De la Ilusión a la Revolución

VANCOUVER (Canadá), 11 de febrero— Los canadienses creían que vivían en una isla de cordura y calma en un mundo demente y caótico. Esa ilusión se ha hecho añicos.

Empecemos por la caída de Justin Trudeau. El carismático y otrora popular Primer Ministro es ahora profundamente impopular. Los canadienses están hartos de la inflación, especialmente del alto coste de la vivienda y la comida.

Canadá se ha convertido en uno de los lugares más caros del mundo para vivir. La vivienda cuesta más en Vancouver que en París. Una modesta casa unifamiliar cuesta alrededor de 1.75 millones de dólares canadienses (US$1,2 millones; 23 millones de rands; 1,070 lakhs de rupias indias).

Los alquileres son correspondientemente altos.

Cualquiera que sea la causa, Trudeau no tenía nada que ofrecer. Su propio partido (los Liberales) se rebeló contra él. Decenas de miembros Liberales del Parlamento, y su exvicepresidenta y aliada cercana Chrystia Freeland, pidieron su dimisión. Aun así, Trudeau logró mantenerse en el poder. Ha prometido renunciar una vez que los Liberales elijan un nuevo líder (supuestamente el 9 de marzo), pero mientras tanto ha “prorrogado” (cerrado) el Parlamento.

Mientras tanto, el principal socio comercial de Canadá (EE. UU. de Trump) amenaza con imponer aranceles devastadores del 25% a todas las exportaciones canadienses a EE. UU. Un desempleo masivo sería el resultado inmediato.

Canadá tiene su propio Trump esperando entre bastidores. Pierre Poilievre, el líder del partido conservador de la oposición es casi seguro que será elegido como el próximo primer ministro en las elecciones generales de 2025. Poilievre ha llamado a Trudeau «marxista» (no es cierto) y «chiflado». Ha tenido que disculparse varias veces por un lenguaje «antiparlamentario», como menospreciar a los pueblos indígenas de Canadá.

Poilievre es un gran partidario de Israel y de la guerra de Ucrania. Quiere desfinanciar a la UNRWA (la agencia de ayuda de la ONU para los refugiados palestinos) y recortar la ayuda exterior para desviar el dinero al ejército canadiense. Se opone al cuidado médico para las personas transgénero, a la inmigración y a los sindicatos.

Ya no es posible pensar en Canadá como una isla de seguridad en un mar de caos y fascismo. Es un país capitalista con conexiones complicadas con el resto del mundo. Está sujeto a las mismas fuerzas que impulsan el fascismo en el resto del mundo, incluidos países como Francia (Le Pen), Alemania (AfD), Argentina (Milei) y, por supuesto, EE. UU. con Trump.

Cabe destacar que Canadá está sujeto a una sobreproducción capitalista que inevitablemente conduce a conflictos comerciales y, cada vez más, a guerras.

Sin duda, algunos canadienses añoran los “días de gloria” de Trudeau, pero eso es inútil. Ningún politiquero capitalista puede frenar el fascismo. Los políticos liberales allanan el camino para el fascismo. Desarman a los trabajadores como Allende lo hizo (literalmente) en Chile.

En Canadá, como en otros países, la elección es entre el fascismo y la lucha por el comunismo. Y el potencial para el comunismo existe, dada la historia y la diversidad de la clase obrera. Un tercio de la población es de ascendencia francesa. Canadá tiene muchos inmigrantes de todo el mundo, especialmente del sur de Asia y China.

Parte de la ilusión canadiense era la negar la lucha de clases. Pero los obreros canadienses han luchado contra la explotación al menos desde la huelga general de Winnipeg de 1919. El Partido Comunista fue influyente durante la ola de huelgas industriales de la década de 1930. En 1976, una huelga general se opuso a los topes salariales impuestos por el primer ministro Pierre Trudeau (el padre del actual Primer Ministro).

Pero ni siquiera las huelgas generales pueden frenar el fascismo. Solo la revolución comunista puede hacerlo. Ya hay algunos miembros del PCOI en Canadá, pero necesitamos muchos más. ¡Únete a nosotros!

Huelga general en Winnipeg, 1919

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