Una joven camarada en Uitenhage (Sudáfrica) repartiendo Bandera Roja.
SUR DE CALIFORNIA (EE.UU.), 5 de agosto— Son tiempos aterradores y confusos para los estudiantes de secundaria. Han visto cómo La Migra secuestra a sus vecinos en plena calle; lo han visto en persona, en las redes sociales o en ambos medios. El terror fascista y el racismo son más visibles. El genocidio en Gaza y el Líbano y la guerra en Irán, ensombrecen su futuro.
Y la confianza de sus padres y abuelos de que el trabajo duro te daría una buena vida parece una mala broma
Pero el año escolar comienza y los estudiantes harán lo que puedan. Unos apostarán por la universidad; el resto aprenderá un oficio en construcción o salud. Varios serán obreros industriales y muchos sufrirán el desempleo, como la mayoría de la juventud en otros países
Otros entrarán al ejército, esperando sobrevivir para obtener el pago inicial de un futuro mejor para sus familias. Muchos serán enviados a atacar a otros jóvenes desempleados.
La Junta de Educación lo sabe: organiza las escuelas para enseñar a obedecer, no a pensar críticamente. Sus clases de historia fomentan el patriotismo y, a diario, obligan a cada estudiante a jurar lealtad a la bandera y a la república.
Maestros comunistas también saben que muchos de nuestros estudiantes serán soldados. Mandados a arriesgar sus vidas para matar a sus hermanos de clase trabajadora, para pelear por un imperio que los considera desechables.
Los comunistas también saben que los soldados, marineros e infantes de marina no dejan el cerebro junto con el teléfono móvil cuando se presentan en el centro de entrenamiento. Estos combatientes han organizado motines, han detenido masacres y han atacado a oficiales. Se han unido en rebelión en todas las guerras de la historia. En Rusia, en 1917, se unieron a los obreros y campesinos para transformar la Primera Guerra Mundial en una revolución.
Los estudiantes de hoy son revolucionarios en potencia.
También lo son los marines que visitamos regularmente en las calles de Oceanside, California, a las puertas de Camp Pendleton.
“Estos jóvenes ya tienen una idea de lo que está pasando”, comentó la camarada que fue a hablar con los marines por primera vez en julio.
“Mucha gente reduce al personal militar a estereotipos. Hablamos con uno que se oponía a la opresión en Ucrania y al genocidio en Gaza. Otro rechazó el comunismo, pero entendía el interés de las ganancias por petróleo en la intervención de Estados Unidos en Oriente Medio”.
Hablamos de “seguir órdenes” y de recibir instrucciones para hacer cosas que serían malas.
“Pensé mucho de eso antes de entrar”, dijo un marine. “Sé que prefiero morir antes de matar a un civil inocente”.
Sus palabras causaron un gran impacto, tanto a nosotros como a sus compañeros.
“Es importante que tus acciones coincidan con tus valores”, respondió una camarada. “Pero es aún más importante influir en la situación general”.
Habló de Hugh Thompson Jr., piloto de helicóptero del Ejército de EE.UU, durante la guerra en Vietnam. Fue testigo de cómo soldados estadounidenses mataban a civiles, incluidos ancianos y niños, en la masacre de My Lai. Ordenó al artillero de su helicóptero que apuntara la torreta hacia las tropas estadounidenses y advirtió que, si continuaban, abriría fuego. Sus acciones ayudaron a detener la masacre.
Más tarde, explicamos a dos marines lo qué era verdadero comunismo. El primero nos devolvió el material informativo, pero su amigo se lo quedó.
“En teoría suena bien”, dijo el primero. “Pero la naturaleza
humana es otra cosa. Siempre hay alguien que quiere estar por encima de otros”.
“En la secundaria nos hacen leer Rebelión en la granja, donde ocurre exactamente eso”, respondió otro camarada. El marine que sostenía el material asintió.
“Aprendemos de las revoluciones pasadas, de sus victorias y fracasos. Tarde o temprano lo lograremos”, continuó el camarada.
Los dos marines eran muy amigos, pero esto no convenció al otro que devolviera el material. A pesar de la fuerte presión que suele existir entre compañeros militares, nuestras ideas lograron llegar a él.
Nuestra última conversación fue con un marine que aceptó nuestro material. Le preguntamos qué opinaba.
“Me parece honorable lo que están haciendo», respondió. Escuchó atentamente, dejando a un lado su almuerzo.
Les explicamos que son las personas de la clase trabajadora quienes pelean en las guerras, y no los hijos/as de la clase capitalista. Que, en ocasiones, el personal militar ha volteado sus armas y se ha unido a la clase trabajadora en luchas revolucionarias.
Realmente deberíamos haberle pedido sus datos de contacto.
“Nuestro objetivo en las conversaciones con estos marines, así como con los estudiantes, es activar su propia capacidad de acción, su conciencia y su capacidad de reflexión”, dijo la nueva camarada. “Al hacerlo, sembramos las semillas de nuestro mensaje comunista”.
Regresamos más comprometidos a forjar vínculos personales con los estudiantes de secundaria y los marines. Esas relaciones comunistas son lo que se necesita para que, con el tiempo, ellos lleven a otros a voltear las armas y destruir el sistema capitalista.
Rajastán (India), julio de 2026— Alumnas bloquean una carretera en apoyo a sus compañeras para protestar por la falta de maestros en su escuela pública.
Lee Nuestro Folleto:
“Soldados, Marineros, Marines: Cruciales para la Revolución Comunista”

